Pesca del día

Y es que el infame clima londinense, no contento con ser tan malo como impredecible, pareciera haber vuelto su misión el contagiar sus malos hábitos a sus habitantes masculinos. No hay más que hacer que llevar siempre un paraguas en la cartera y esperar que, llegado lo peor, al menos ya no vuelva a llover sobre mojado. Tal cual como el plato que tenía al frente: “pesca del día”, ni modo. ¡Es lo que hay! Habrá que aceptar que nos vamos a seguir cruzando con una fauna enorme que incluye lenguado, merluza, bagre y, por qué no, uno que otro pejesapo. Por lo que lo más inteligente que podemos hacer es pasarnos el trago amargo, volver a tirar la red, esperar a que cambie la marea y disfrutar del proceso de pesca.

Hace un par de jueves salía apurada de mi casa para darle inicio a lo que, para mí, sería el equivalente a un “jueves de patas”: Una relojeada de rigor con mis tres comadres. Moría de ganas de saber qué había de nuevo en la vida de mis amigas. Y es que, muy inusualmente, habían pasado 10 eternos días desde que todo el grupo de féminas habíamos logrado juntarnos por última vez, en nuestro spot habitual: el 5HS en pleno corazón de Mayfair. 

Ya bien instaladas y con copas en mano, Andrea decidió inaugurar la noche contándonos, emocionada, todos los detalles de su más reciente saliente, Renato, a quien había conocido hace tan solo un par de semanas en las cuales, a pesar del corto tiempo que habían pasado juntos, Andrea tenía la impresión de estar disfrutando de una complicidad que solo se logra tras años de convivencia.

A tal punto había llegado la conexión entre los dos que ella, conocida por ser bastante más cínica que romántica y absolutamente opuesta a la idea del amor a primera vista, no había dudado ni un segundo en viajar a Viena por un fin de semana romántico, como si de una pareja hecha y derecha se tratase.

Este jueves en cuestión, a lo cenicienta, yo tenía que irme temprano, así que después de escuchar los más candentes detalles de su reciente hazaña en el campo de venus, me despedí de mis amigas mientras que Andrea, empoderada por el recuento que acababa de dar, no perdía la oportunidad de escabullirse conmigo en dirección al baño, donde, de lo más entretenida, se dispuso a encontrar el mejor ángulo posible para sus mil y un mirror selfies en el espejo, los cuales prontamente envió a su galán. Todo sea por mantener viva la llama del fuego.

Unos días después esa misma semana y aprovechando el buen tiempo (cosa muy rara en esta ciudad), nos juntamos en un restaurante “alfresco”, muy conocido por su comida marina.

Y es que cuando calienta el sol, a pesar de no haber playa, los restaurantes con terrazas se llenan de comensales, y los parques se atiborran de personas que, canasta de picnic en mano, se recuestan dispuestas a aprovechar hasta el más pequeño de sus rayos, y si se levantan (por supuesto que tras la puesta de sol) es solo para dirigirse a un pub o restaurante rooftop, como si de continuar celebrando el suceso se tratara.

Esta vez, sin embargo, no tuvimos la oportunidad siquiera de “ojear” la carta de vinos antes de que Andrea se llevara, por consenso general, el protagonismo de la velada. Y es que la dinámica con Renato, lejos de aparentar el cuento de hadas que ella se había imaginado, estaba llegando a niveles de ansiedad que lo ponían en categoría de thriller.

— “Esto es tan confuso. ¿Estamos saliendo o no? ¿Es mi novio o solo mi levante? ¿o somos solo amigos disfrutando el uno del otro?” —nos decía Andrea

— “¿A quién le importa? Sólo disfrútalo.” —Le decía yo.  Después de todo, siempre he tenido la política de que, cuando se trata del amor, no hay lectura de palmas, restos de café o cartas de tarot que valgan. Las cosas van a llegar a donde tengan que hacerlo y lo único sobre lo que nosotras tenemos control es qué tanto nos divertimos durante el viaje.

— “No. ¿No crees que deberías definir lo que haces con él?” —sugería la siempre pragmática Máxima

“¿Le pregunto qué somos? ¿O creen que sería un error garrafal?” —decía Andrea —”Nos conocemos hace tan poco… tengo miedo de que se vaya a asustar.”—

Fue ese el momento en que Leticia, siempre al día en las más recientes cuestiones de amor, nos aclaró los pormenores de un problema que ni siquiera sabíamos qué estábamos teniendo.

— “Estás frente a un clásico caso de “Situationship”.” —

—¿¿Ahh?? – fue la respuesta en conjunto.

Este nuevo concepto, aparentemente, hace alusión a dos personas que, a pesar de divertirse mucho juntas y hasta tener increíble intimidad, no se han comprometido el uno con el otro y mucho menos han hablado de crear algún tipo de futuro juntos.

— “Por ello cuando luego alguien te pregunta “¿qué son?”, “es complicado” es la única respuesta que parece apropiada.” —explicaba la informadísima Leticia a su pasmada audiencia.

Al escuchar esto, no pude evitar pensar entonces en el infame estado de la relación en Facebook “Es complicado”. Al principio, me parecía ridículo que incluso existiera esa opción, pero ahora, gracias a la dura experiencia, debo aceptar que “complicado” es realmente un estado en el que muchas personas se encuentran más de una vez en el campo minado del dating.

Y es que, para ser justos, las relaciones cambian tan rápido y de maneras tan inesperadas que es francamente un esfuerzo hercúleo (y por esto aprecio el aporte de Leticia, que me ayuda a subsanar mi ignorancia) mantenerse al día. Frente a esta situación ya no pareciera sorprender que el mismo concepto de “relación” pareciera imposible de definir.

— “¡Estoy harta! Entiendo que siempre tiene que haber una “zona gris” en las relaciones, ¿pero acaso no podría una de ellas caer de vez en cuando en blanco o negro?” —demandaba una frustrada Andrea, quien hace mucho se encontraba más que cansada de sentir que era una especie de teflón para los hombres: por más que intentara, ningún prospecto se “pegaba”.

Al ver cómo mi amiga había saltado de dicha total a sufrimiento absoluto en tan solo un par de días, no pude evitar preguntarme, ¿Dónde está y cómo hacemos para evitar esa delgada línea en la que el dating pasa ser una actividad casual, divertida e incluso alegre, a un deporte de alto riesgo que nos tiene al vilo de la ansiedad?

Lo primero que se me vino a la mente en ese momento fue, creo yo, la conclusión más lógica: ¿será que ella estaba eligiendo mal?

Apostando a la teoría de las probabilidades, sin embargo, me di cuenta de que no era cuestión de no saber elegir al prospecto indicado, ya que Andrea, amante del amor, en lo absoluto había discriminado: ¡Había leído todo el menú y lo había pedido todo!

Diferentes nacionalidades, backgrounds académicos y laborales, procedencias culturales, todas las edades y estilos posibles. No hacían absolutamente ninguna diferencia.

En lo que tarda una en mirar a través de la ventana y ver a los felices londinenses apurando el paso y sacando paraguas de sus canastas de picnic, me di cuenta de que, remedando nuestra conversación, en un abrir y cerrar de ojos el cielo se había transformado de brillante y soleado a una triste escala de grises muy acorde al ánimo de mi querida amiga.

De un momento a otro, sin pleno aviso, tuvimos que dejar nuestra fresca terraza para protegernos dentro del restaurante del diluvio que acababa de comenzar.

Quince minutos después, ya con un templado vino blanco en mano y analizando el menú del restaurante, me di cuenta de que estaba preparada para dejar el papel de confundida y meterme de pleno en el de Confucio, y es que no podía negar que después de tantos años en la cancha, tenía ya la sabiduría necesaria para al menos intentar analizar las razones por las cuales el romance se vuelve tan inesperado, impredecible y decepcionante como el clima en esta ciudad.

Si bien, como había comentado antes, intentar encasillar el sinnúmero de estilos, costumbres y preferencias en lo que se refiere a relaciones sería, más que frustrante, simple y llanamente imposible, me atrevería a decir qué hay una única regla que se puede a la gran mayoría de personas y esa es que tanto la seducción como la idealización son tan efímeras como etéreas, y por más que hayas tenido un date espectacular, así como si de un clima caprichoso se tratase, es inútil tratar de pronosticar si habrá un follow up.

Y es que el infame clima londinense, no contento con ser tan malo como impredecible, pareciera haber vuelto su misión el contagiar sus malos hábitos a sus habitantes masculinos. No hay más que hacer que llevar siempre un paraguas en la cartera y esperar que, llegado lo peor, al menos ya no vuelva a llover sobre mojado.

Tal cual como el plato que tenía al frente: “pesca del día”, ni modo. ¡Es lo que hay! Habrá que aceptar que nos vamos a seguir cruzando con una fauna enorme que incluye lenguado, merluza, bagre y, por qué no, uno que otro pejesapo. Por lo que lo más inteligente que podemos hacer es pasarnos el trago amargo, volver a tirar la red, esperar a que cambie la marea y disfrutar del proceso de pesca.

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