La curva de la infidelidad

En un mundo en el que se supone que cada vez tenemos menos reglas, por lo menos en lo que respecta al campo del flirteo, ¿Qué constituye un acto de infidelidad? ¿Podríamos decir que estamos frente a un escenario de relativismo moral? Me queda la duda, ¿hay sacada de vuelta donde no se supo nunca el ampay?

La semana habrá sido santa, pero mis amigas no, por lo que el viernes pasado no dudé en proponer una reunión en la que lograra ponerme al día de sus más recientes fechorías. Esta vez el encuentro fue en casa de Camille, una simpática francesa que no tardó en advertirnos que más tarde iba a unirse a la cofradía Johan, su “vecino del apartamento 512”, el cual se encontraba lo suficientemente aburrido como para ofrecerse a representar el papel de punto de vista masculino en nuestra pequeña velada.  

Una vez ahí, Karina (otra de mis vecinas quien a inicios de este segundo encierro había canalizado su energía creativa para volverse experta en cuanta dating App aguantase su teléfono) nos estaba contando sus recientes anécdotas, o mejor dicho penas.  

Karina había conocido a Gabriel una aplicación llamada Inner Circle. Dicho muchacho vivía un poco lejos, casi a una hora de Londres, y para coberturarse (y de paso ahorrarse el trayecto) le propuso directamente “¿Te provocaría tener un zoom date?”. Mi amiga Karina, un poco escandalizada por la frialdad de la propuesta, se propuso a descartarlo inmediatamente. No obstante, y probablemente debido en gran parte a su nueva resolución de pandemia (la cual, al preguntarle, muy poéticamente nos describió como “aprender a navegar la tórpida corriente de cambios que nos ha tocado vivir para evitar ser arrastrados a sus profundidades”), se escuchó a sí misma decir un tentativo “ya, hagámoslo” como respuesta. 

Tenía preparados ya la copa de vino y un par de snacks y, aunque al comienzo moría de nervios, no pasó mucho tiempo antes de que empezar a sentirse fascinada por la autenticidad del galán. Pareciera ser que hicieron un más que metafórico click a través de la pantalla, tanto así que Karina nos contó que al día siguiente se levantó con resaca. 

El siguiente fin de semana se concretó el encuentro en carne y hueso, y no era de sorprenderse que, tras haberlo pasado tan bien en la cita virtual, mi amiga Karina estuviera más que ilusionada por averiguar lo que le deparaba la “versión completa”. Sin embargo, y desafortunadamente para mi amiga, el periodo de luna de miel parece haber sido de bajo presupuesto, ya que no faltaron más que un par de semanas para que la relación armara maletas y tomará un vuelo de regreso hacia la dura realidad. 

Al pasar los días Karina empezó a notar que las excusas que el chico le presentaba eran cada vez más irrisorias. El muchacho empezó a soltarle cada vez cuentos más bizarros, por lo que sus “tuve un problema en el trabajo” no tardaron mucho tiempo en convertirse en “no te contesté porque dejé mi celular en el carro” y hasta un “hoy no te puedo ver porque me siento gordo”. No sé qué era más sorprendente, si la creatividad de chico para decir mentiras o la disposición de Karina para creérselas. 

Sin embargo, bien por algo se dice “no se puede tapar el sol con un dedo”, y mi amiga no tardó mucho en darse cuenta de lo inútil del esfuerzo, por lo que no le quedó de otra que bajar la mano y recibir los rayos de frente a la cara. Vista la luz, no hizo falta buscar mucho más para darse de encuentro como las señales que ella misma se había negado a ver:  en esa historia había implicada una sacada de vuelta. Así es, había sido utilizada como objeto de serrucho.   

Justo en el momento en el que la historia llega a su clímax y todas las féminas nos encontrábamos más que dispuestas a argumentar la facilidad con la que los hombres son capaces de engañar, tocó el timbre Johan, el vecino, en el momento exacto para defender el honor del género masculino. “Probablemente él no consideraba ese flirteo como sacada de vuelta” argumentó, mientras que la dueña de casa decía convencida “los hombres sacan la vuelta porque pueden, es parte de su biología”, con todos los aires de una persona resignada a una realidad inconveniente. “Se han olvidado un detalle importante” defendía el vecino “las mujeres lo hacen también”.  

El gracioso alemán, que no medía más de 1,65, tenía una personalidad que compensaba con creces su tamaño y, como si fuera poco, una gran actitud de galán. El muchacho no tardó mucho en contarnos sus hazañas previas al encierro, las cuales incluían desde un fin de semana en un Spa con una chica de un dating App hasta seguir los consejos de un colega que le decía que las mujeres reaccionan mejor frente al maltrato, como si de un Dorian Grey se tratase. Esto último, no tardamos en enterarnos, lo decía de manera completamente literal y para nada figurada. Uno de sus ejemplos más claros fue cuando nos contó que, en lugar de un beso, había recibido a una muchacha en su casa con una cachetada. Según él, la chica estaba fascinada. 

Sus andadas, sin embargo, no habían estado carentes de pena. El pobre también había padecido penas de amor, tanto virtuales como presenciales, y la que más nos conmovió fue una la historia que nos contó de una chica que había conocido en Tinder. Habían salido previamente un par de veces y Johan no había tardado en quedar fascinado por ella. Con la intención de conquistarla había pasado semanas planeando la salida perfecta y esperando el momento indicado, por lo que un fin de semana, conociendo muy bien el interés de la chica por el arte moderno, aprovechó en invitarla a comer a un restaurante de full moda en Mayfair para después de eso llevarla a la inauguración de una exposición en una galería de arte muy popular. Iba a ser la noche perfecta.

Lo que Johan no había considerado en su fríamente calculado plan era el factor externo, que en esta ocasión se presentó a manera de un galán de 1.95 que, no más echar ojos en la susodicha, la tenía conquistada. Oferta y demanda, a fin de cuentas, el amor es un mercado libre. No hizo falta mucho más para que la muchacha se fuera con el galán, dejando al pobre alemán con los crespos hechos.

 “Ay, eso no es sacar la vuelta, tampoco estaban saliendo formalmente” dijo una de las chicas, a lo que el pobre muchacho respondió que lo menos que se merece uno era fidelidad, aunque sea por toda la duración de la velada. “Puede que sí, pero al menos nosotras no nos guiamos por la testosterona”, decía una, mientras que el otro contestaba “pero si por las emociones”. Idas y venidas más tarde, finalmente cambiamos el tema. A fin de cuentas, ninguno de nosotros estaba dispuesto a intentar dar fin a una rivalidad que existe desde tiempos de Adán y Eva. 

Si bien la velada no dio ninguna luz a ese conflicto milenario, sí logró iluminarme un poco en lo que respecta a nuestro tema original: la fidelidad. ¿Qué es lo que hace que unos tengan tan poca tolerancia a la infidelidad y al mismo tiempo otros la reciban de manera más misericordiosa?

O, incluso más importante, ¿será que la manera en que vemos la infidelidad no depende de nuestros principios más sí de cuestiones más relativas a nuestra cercanía a la situación? Después de todo, Johan estuvo más que dispuesto a perdonarle al galán de Karina sus faltas, pero, enfrentado con una situación prácticamente igual, con la sola diferencia de tenerlo a él de protagonista, súbitamente su ética se volvió absoluta y totalmente inquebrantable.  

Al mismo tiempo mis amigas, preparadas para quemar en la hoguera a Gabriel por sus imperdonables pecados, estuvieron más que dispuestas a ofrecerle a la amiga de Johan el perdón episcopal. ¿Camaradería femenina, tal vez? O, por otro lado, tal vez, puede incluso que una tendencia subconsciente a desconfiar del sexo opuesto.     

Sean cuales sean las razones, lo que definitivamente no podemos negar es la existencia de un grupo de criterios subconscientes, pero a la vez muy prevalentes, que nos llevan a juzgar en diferentes medidas situaciones que, por lo demás, no deberían tener mucho de distintas. 

Ahora bien, dado que ya hemos establecido esto, me veo obligada a preguntarme: dado que no podemos definir la fidelidad de manera absoluta y tenemos diferentes percepciones de lo que significa sacar la vuelta ¿valdrá la pena tratar de definirla? ¿será, tal vez, que existe una curva de la fidelidad, que nos permita matemáticamente identificar cuando nuestra actitud está justificada y cuando es totalmente inaceptable? 

En un mundo en el que se supone que cada vez tenemos menos reglas, por lo menos en lo que respecta al campo del flirteo, ¿Qué constituye un acto de infidelidad? ¿Podríamos decir que estamos frente a un escenario de relativismo moral? Me queda la duda, ¿hay sacada de vuelta donde no se supo nunca el ampay?  

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