Hace poco me encontraba viendo Friends y me topé con la escena en la cual los protagonistas, tanto hombres como mujeres, recuerdan con pesar sus cumpleaños número 30. Lo que más se me quedó grabado de ese capítulo fue el momento en el que en el que Joey mira al cielo y le dice a Dios: “¡teníamos un trato, se suponía que me quedara en 29!”. Efectivamente, cumplir los 30 es un momento difícil. Se me vienen a la mente muchísimos cumplidas de tres décadas, tanto la mía como las de mis amigas y entorno, en las que la torta no fue el platillo estrella, más bien sí una agridulce receta conformada por una mezcla de sal, un puñado de expectativas y muchas tazas de ansiedad.
Inmediatamente después vino otra escena. En esta Rachel realizaba un balance de su vida, sus planes a futuro y, especialmente, de cuánto tiempo consideraba que le quedaba para verlos realizados. No tardó mucho en llegar a la ominosa conclusión de que no solo no había cumplido con ninguno de sus objetivos de vida, sino también que el tiempo para realizarlos se estaba agotando. Haciendo la corta historia, el capítulo termina con ella finalizando su relación actual (muy feliz en todos los aspectos) con el objetivo de transformar su vida en ese plan perfecto que había ideado en papel.
No hace falta mencionar lo poco realista que me pareció ese capítulo la primera vez que lo vi, allá por 2001. Hoy por hoy, sin embargo, no me queda más que aceptar que esa extraña y dramática realidad que se me presentó como broma a los 12 años se vuelve cada vez más una incuestionable regla de vida.
Hace dos días me entró una llamada de Alina, una querida amiga de quien he hablado alguna vez en este espacio. La pobre me presentaba un dilema de muy difícil solución: acababa de cumplir 25 años (día que en mi caso se vuelve un recuerdo cada vez más lejano) pero en lugar de encontrarse celebrando alegremente su primer cuarto de siglo, se preparaba para hacerle frente a una encrucijada. Había tenido la mala suerte de quedarse sin trabajo a pocos meses de terminar la maestría y, como cereza del helado, había coincidido todo con el fin de una relación de más de 2 años.
Una explosiva mezcla entre culpa por el pasado y ansiedad por el futuro, a la cual se le sumaba, como si fuera poco, lo que yo delicadamente tiendo a llamar “la opinión externa”. «Mi hermana me dice que me tengo que casar, y mis papás me repiten que mi maestría no sirve de nada si no empiezo pronto a trabajar. Ya no puedo más». Ironías de la vida, mientras escuchaba y trataba de calmarla no dejaba de cuestionarme el momento en el que me convertí en un barómetro de paz mental. Por más que digan que en tierra de ciegos el tuerto es rey, en este caso estábamos hablando, fría y llanamente, de ciegos guiando a otros ciegos. «Sigue intentando y déjate llevar. Mal que bien, el único camino trazado es el aleatorio patrón del destino».
Palabras vacías, si no atemorizantes, para una chica que considera que el éxito de sus proyectos es inversamente proporcional al tiempo que se tarde en lograrlos. Desafortunadamente y en contra de mi bienestar mental, no puedo ignorar completamente su lógica. Bien sabido es, en este mundo en el que rige la supervivencia del más apto, que el éxito de tus proyectos depende, en gran medida, de tu preparación. Enfrentarnos a retos nos hace más hábiles y el encontrarnos constantemente en movimiento nos da la posibilidad de acceder a posibilidades que jamás llegarían a nosotros de quedarnos esperando.
Competencia saludable, se le dice. Lo cual nos hace considerar, tan solo fijándonos en el nombre, la existencia de la otra opción. Hoy por hoy, cuando las oportunidades parecen escasear cada vez más mientras las personas que intentan acceder a ellas no hacen más que aumentar, muchas personas, en su desesperación y al darse cuenta de que mejorarse a uno mismo no pareciera bastar, empiezan a apostar por la otra alternativa: empeorar al resto.
Esta semana, coordinando una tarea de la maestría con mi amiga Leticia, tuve la oportunidad de experimentar los efectos de esta mentalidad de primera mano. Ella, gracias a su sólida experiencia matemática, se ha vuelto la única persona en quien confío mis grandes problemas estadísticos. Al comentarle el tema, sin embargo, me confesó que su perfeccionismo al momento de presentar trabajos se debe poco a un simple placer por los números y mucho, en cambio, a una cuestión de supervivencia.
A pesar de ser su corta edad, Leticia es capaz de jactarse de ser parte de un banco global en plena City of London. Este trabajo, sin embargo y a diferencia de su último puesto en un entorno mucho más tranquilo en el Santander en Madrid, venía cargado de un ambiente de competencia que la había dejado, justificadamente, con un grado de paranoia que simplemente no se podía dar el lujo de ignorar.
Meses de miradas furtivas, comentarios negativos y repetidos “accidentes” la habían llevado a convencerse de las malas intenciones de sus colegas. Las mismas presiones del trabajo y la realización de que no pasaría mucho tiempo antes de que fueran reemplazados por personas más jóvenes y capaces había llevado a los trabajadores más antiguos al punto de sabotear a los recién llegados con tal de tener una oportunidad tan solo un poco mayor de alcanzar ese codiciado ascenso.
Era de esperarse, por ende, que bastara menos de medio año para que la antes relajada Leticia dejara de lado su actitud abierta y adoptara como su mantra excelencia el «no me fio».
En este momento de la historia eran las dos de la mañana y yo me encontraba al teléfono con Leticia, quien insistía en revisar completamente el trabajo grupal porque estaba 100% convencida de que una chica de la clase se había dado el trabajo de cambiar su parte para tergiversar completamente nuestros resultados. «¡Ay querida! No creo que nadie sea tan malo, ni tenga el tiempo de darse ese trabajo» le decía yo, pero mis palabras no hacían más que caer en oídos sordos. Leticia, acostumbrada como estaba a este tipo de situaciones, había llegado al extremo de aceptar la normalidad en ese actuar.
Competencia tras competencia, la vida pareciera ser nada más que un gran reto que se va volviendo más difícil con cada año que pasa, y no puedo evitar cuestionarme si no tenemos gran parte de la culpa de ello. Estamos, a fin de cuentas, acostumbrados a una realidad en la que las personas llegan al extremo de hundir a otros con tal de salir un poco a flote, sin darse cuenta de que el mismo peso de esa ansiedad que cargan a hombros es lo que finalmente termina llevándolos al fondo.
El otro día le escribí a un amigo de la maestría al que no había visto hace meses. Me comentó que la había dejado en pausa un año para descansar de la presión que le causaba estudiar mientras mantenía un trabajo a tiempo completo. Yo, escandalizada, le pregunté si no le molestaba desperdiciar un año en el que podría obtener su título. Él simplemente se rio y me contestó “no estoy desperdiciando un año, lo estoy invirtiendo en mi”.
Debo admitir que me costó conciliar la idea de un año en el que no se logren mis objetivos con el concepto de “tiempo aprovechado”, pero después de muchas reflexiones y conversaciones con la almohada me di cuenta la validez del punto que presentaba el chico.
En un mundo en el que la única certeza que se tiene es la incertidumbre, pareciera ridículo el concepto de realizar un plan a largo plazo. No hace falta más que echar un vistazo al último año para darse cuenta de que la realidad puede cambiar en un minuto. Sin embargo insistimos en planificar compulsivamente nuestras vidas, con un frenesí que no hace más que aumentar conforme van pasando los años, hasta el punto en que llegamos a considerar un tiempo invertido hoy en nuestra felicidad como una merma en nuestro potencial de felicidad en el futuro.
Me pregunto cuántas posibilidades se pierden en la búsqueda por encontrarlas. Si mi amiga Leticia no sintiera la presión de mantener su prestigioso trabajo, tal vez ya lo hubiera cambiado por uno que tuviera un ambiente laboral más amigable y puede que hoy hubiera obtenido el ascenso que tanto busca. Si Alina no hubiera sido criada bajo la estricta estructura en la que creció tal vez vería con buenos ojos la posibilidad de iniciar una nueva relación que no cargue desde el inicio la presión del futuro.
Dando un ejemplo un poco más descabellado, si Rachel no se hubiera planteado un cronograma de vida, hubiera mantenido su relación por más tiempo y puede incluso que llegara a la conclusión de que ese muchacho era efectivamente con el que ella quería pasar el resto de sus días. No puedo evitar preguntarme, ¿Nos hubiera privado de muchas temporadas? no dejo de preguntarme ¿hasta qué punto podemos dejar ir? ya que, tampoco podemos negar que una vida tranquila es una vida feliz.