La maleta en la cama preparando su viaje

Yo, por mi lado, con pena me despediré y esperaré con ansias hacerle una visita en el destino que haya elegido para pasar su verano. Vamos a ver si cuando llegue ahí aún la encuentre navegando sola, o quizás tal vez ya haya conseguido un nuevo tripulante para su barco.

Ya se van yendo los días grises por aquí y la primavera poco a poco va adoptando sus matices. Y si bien a estas alturas de mi vida estoy más que acostumbrada a esa calidez innata que siente uno cuando, tras una larga temporada de vientos y neblinas, finalmente empieza a despertarse con los rayos del sol en la ventana, no puedo evitar notar como, en esta ocasión,  mientras los días se van volviendo cada vez más largos y tibios, van trayendo consigo esa plácida sensación de estar en total armonía con una misma. 

Salir a caminar por la calle, con música de fondo (en mi caso probablemente algo de Edith Piaf) pareciera transportarte a un instante perfecto, enmarcado por la suavidad de luz de la tarde, la ligereza del perfume del aire y la melódica voz de una bulliciosa ciudad. En esos momentos, ¿qué mejor plan, entonces, que ponerle pausa a esta vida tan poco sencilla para tomar una copa de Sancerre, en una terraza en pleno Chelsea y tener una conversación banal con una que otra amiga?

Ayer, por ejemplo, se me presentó la oportunidad de tener un plácido almuerzo con Sylvia, una de mis amigas de Lima, y de salir en la tarde a caminar con Alina, una de mis amigas de la universidad. Aprovecho este momento para hacer notar una curiosidad que ya desde hace un tiempo vengo notando y que muy bien podría ser tema de análisis para alguna edición futura de esta columna: No estoy segura de si se deba a una cuestión de edad, expectativas o simplemente evolución personal, pero  no puedo negar que nuestras conversaciones migran cada vez más de nuestros clásicos dilemas del corazón para pasar a enfocarse en dilemas de la razón. 

Ahora bien, si esta última teoría es cierta parece que al resto de personas todavía no les ha llegado el memo, pues no hizo falta más que abrir la puerta de mi casa para que me encontrara con el mensaje de un amigo quien, en busca de consejo, me hacía la siguiente pregunta, “¿no es acaso verdad que las mujeres giran, en la mayoría de los casos, la conversación al rededor de temas relacionados al sexo opuesto?” 

Armada con mi nueva mentalidad progresista me preparaba para refutarle que su argumento tenía tanto de falso como de anticuado cuando, al sentarme frente a mi computadora, me fijé en un email de mi amiga Tamara que me hizo dudar de la veracidad de mis conclusiones. 

Tamara y yo nos conocimos hace casi un año en un bar en Mayfair por un amigo en común. Desde el momento en que la conocí percaté en sus poco exitosos intentos de navegar las amargas aguas de la soltería con la esperanza de encontrar un amor con el cual arribar a buen puerto.

Su última expedición la había llevado a encallar en la rocosa costa que de ahora en adelante llamaremos Sandro, un muchacho que trabaja en un Banco Sudafricano y que le había robado descaradamente tanto el corazón como la razón. Irónicamente y a pesar de haber conocido al atlético chico   en un gimnasio, ella se enamoró, más que a primera vista, a primera conversación. Fueron una tarde a caminar por la orilla del río y, tras una extensa conversación en la banca de un parque, ella llegó  su casa, a decirle a su roomate «no se si he conocido al hombre con el que me voy a casar o a mi mejor amigo, pero no me quedan dudas de que Sandro es un muchacho que me va a acompañar toda la vida». 

Las dudas que todavía tenía en la mente sobre la posición que debía tener el chico en su vida no tardaron en disiparse, ella estaba completamente enamorada. Sin embargo y como es bien sabido, hacen falta dos para entablar una relación, cuestión que se hace particularmente dolorosa cuando ambas partes deciden navegar en diferentes latitudes. Si bien las señales que enviaba Tamara no pudieron ser más claras, los mensajes que recibía a cambio eran en el mejor de los casos confusos y en el peor de ellos un tajante silencio seguido de un «te quiero, pero no quiero que seas aún mi enamorada».

«Me estoy volviendo loca» me decía, y no era para menos. Su relación se balanceaba constantemente, atascada en un precario vaivén entre los títulos de novios y amigos. Por más que Tamara hiciera el esfuerzo, Sandro no estaba dispuesto a comprometerse, y esa inestable situación hacía que mi amiga dudara de sí misma.  “¿Me estaré volviendo loca en serio?  Siento que me he inventado toda esa intimidad y conexión, y la relación que ha surgido” 

¿Qué pasa cuando nuestro amor no es correspondido? Por mi lado yo, sin siquiera un perro que me ladre, no podía evitar pensar en esta cultura romántica a la que estamos acostumbrados, la cual no hace más que poner a los hombres al control de nuestras propias historias. En este caso, al menos, lo único que se ha podido lograr es ocasionarle a mi amiga  días enteros de inseguridad, en los que la desborda una sensación de locura. 

Lo peor del caso, me apena decir, es que la situación de mi amiga Tamara, lejos de ser la excepción, parece ser la desafortunada regla. Ella no es la primera, ni mucho menos la última, que será participe de esta dinámica de campanita que se cruza con tanto Peter Pan: aquellos muchachos caracterizados por una inmadurez emocional que, para colmo de todo mal, se niegan a aceptar y superar. «Ay, amiga, no sé qué decirte. Yo también he estado ahí. Solo me queda decirte que no hay mal que dure para siempre, ya vendrá otro del que te enamorarás otra vez perdidamente». 

Ahora sí debo confesar que está situación no me sorprende en lo más mínimo. Bien es sabido que en este juego de la vida, a los hombres se les enseñó a buscar la diversión. Mal que bien, los de nuestra generación fueron los primeros en crecer pegados al PlayStation y al Game Boy. ¿Por qué nos cae como sorpresa, entonces, la confirmación de que para ellos el dating sea el equivalente a completar una misión? Probablemente recibir un «te quiero» no sea más significativo que pasar al siguiente nivel de un juego de Nintendo y, una vez terminada la saga, poner pausa en el comando y pasar a otro juego. Francamente, el universo debería hacernos un favor, en este juego que requiere tanta dexteridad y en el que nos encontramos tan en desventaja, y al menos tener la cortesía de mandarnos las instrucciones. 

Volviendo al email de Tamara, en él ella me confirmaba esa noticia que yo ya hace un tiempo ya me venía  esperando: Necesitaba hacer un reset. Se iba a ir por unos meses de Londres, primero a pasar un tiempo con sus padres en Bulgaria y luego una temporada entre Ibiza y Turquía. 

«Vamos a ver si este cambio de aire me da otra perspectiva» me decía, aunque (conociendo a mi amiga tan bien como lo hago) no me quedan dudas de que su principal ilusión es que Sandro, gracias a la distancia,  recapacite, se de cuenta que la extraña y le suplique, con la promesa de una relación, que vuelva a sus brazos. Solo el tiempo nos permitirá saber qué le depara el destino a mi amiga. Yo, por mi lado, con pena me despediré y esperaré con ansias hacerle una visita en el destino que haya elegido para pasar su verano. Vamos a ver si cuando llegue ahí aún la encuentre navegando sola, o quizás tal vez ya haya conseguido un nuevo tripulante para su barco.

Compartir