¿El amor es una trampa?

si bien hay muchas formas de preparar un huevo, no hay que olvidar que, cuando estos tienen el mismo sabor, es porque han salido del mismo corral.

“el amor es una trampa” es el inicio de una canción muy conocida, y al escucharla no puedo evitar ser trasladada a las épocas en las que vivía en Lima y todos los sábados se celebraba el matrimonio de una amiga. Ahora, tras haber pasado por tanta despedida de soltera, lista de regalos en Cabuchón y variados componentes del cotillón, me doy el lujo de sentarme a reflexionar acerca de ese elemento, muchas veces anhelado, otras veces temido pero casi universalmente buscado: el amor.  

Las mujeres somos más verbales que los hombres, eso es conocimiento universal. El lunes pasado tuve la oportunidad de confirmar este dato este lunes por la tarde, al ponerme al teléfono con Alina, quien no tardó en llorarme sus penas de amor. Me contó la historia del último pleito con su novio, el cual, al más fiel estilo del Big Bang, había generado una explosión de emociones que se había expandido a todos los confines de su relación. 

El catalizador de la discusión había sido ella, quien molesta le había dicho que no se encontraba contenta con su actual acuerdo de verse solo una vez a la semana  y llegando incluso al extremo de afirmar (muy correctamente, en mi opinión) que la mayoría de personas ni siquiera definirían esta situación como una relación. 

Francamente no puedo decir que este desenlace me sorprenda. Y es que vengo hace un año y medio escuchando el mismo mensaje contradictorio: por una parte se encuentra él, en un constante «tira y afloja» y por la otra ella, quien durante todo este proceso había demostrado una fuerza de voluntad más admirable que la de una próxima novia a dieta.

“¡Hablemos de esto más tarde… o mejor nunca jamás! Buenas noches, no me llames más” le había dicho él. Y ella decidió interpretarlo, no como una afirmación literal, más sí como un una especie enigma por resolver. «Creo que está asustado por sus propios sentimientos»,»¿Te parece?» le contestaba yo, «lo siento pero con los chicos es muy sencillos: si está interesado en ti, te lo va a decir. No hay mensajes escondidos» Me pregunto cuántas sesiones de terapia nos hubiésemos ahorrado durante los últimos años si tan solo tuviésemos este mensaje verdaderamente internalizado. 

«Probablemente no debí recriminarle nada. Todo es culpa mía, no fui capaz de darme cuenta de que hubiera ganado más manteniendo la boca cerrada». Si bien estoy y he estado siempre a favor de la autocrítica como herramienta de crecimiento personal, no pude evitar notar que, en este caso, las conclusiones a las que había llegado mi amiga al analizar las razones del fracaso de su relación no eran solo completamente falaces, sino también absolutamente autodestructivas. 

Y es que mi amiga Alina había caído en un error sorprendentemente prevalente y que, sin excepciones, lleva al fracaso de cualquier relación: había idealizado al muchacho. Si lo intentara, estoy segura de que no podría contar la cantidad de veces que he sido testigo, tanto ocular como carnal, de situaciones que me han convencido más allá de ninguna duda de que ese es un tipo de fantasía que no es ni saludable ni mucho menos inofensiva. 

No puedo evitar pensar en la cantidad de veces que hemos sido conscientes de que nuestro equipo de a dos, hace varias jugadas ya perdió el partido. ¿Por qué seguimos jugando después de meternos tanto autogol? «¿Será que lo debo llamar a pedirle perdón?” me decía Alina, “No vayas por ese camino” contestaba yo, tratando de extraer paciencia recordándome a mí misma que mi amiga, en este momento, no se encontraba en sus cabales. Mal que bien, “una especie de imbecilidad transitoria, un estado de angostura mental, de angina psíquica” era como el filósofo Ortega y Gasset definía al amor.

Justamente hoy en la mañana estaba leyendo un post en Instagram sobre un coach de amor que me llamó la atención: ¿por qué idealizamos a las personas, específicamente a la pareja? Y es que, si bien la pareja es y debe ser siempre un espacio en el que coinciden muchos terrenos (por ejemplo: emocional, sexual,  intelectual y familiar) el famoso «pedestal» en el que tenemos la tendencia de colocarlos no hace más que llevarnos a echar injustificadamente sobre  sus espaldas la responsabilidad de ser, no solo fuente de gratificación de la mayoría de nuestros deseos,  si no también los encargados de la interminable labor de librarnos de todo mal. 

Se me viene a la mente una tarde tomando vino en Barcelona con una amiga psicóloga. Esta me comentó que las relaciones en las que predomina la dependencia se caracterizan por ser inestables, destructivas y marcadas por un fuerte desequilibrio. El dependiente o sometido idealiza y magnifica a quien lo somete. 

En el caso de Alina, a pesar de la cantidad de autogoles que se había metido en esta relación, tenía la ingenua ilusión de que, matemáticamente, ese partido aún se podía salvar. Y, si bien era consciente de que lo más saludable hubiera sido tocar el pito y colgar los chimpunes, insistía con pedirle al cosmos, caprichosamente, tiempo suplementario. Ella aún no estaba lista para perder por walk over.  

He sido testigo en carne propia de lo peligroso que es, en términos de afecto, andar por la vida constantemente parchando huecos, intentando llenar el vacío dejado por una relación fallida y terminando, inconscientemente, por generar un vacío incluso más grande que el original. Que tire la primera piedra quien, al tratar de llenar ese espacio en sus vidas no ha terminado por fracasar debido al simple hecho de que no pueden quitarse de la cabeza la maravillosa (y absolutamente irreal) imagen que se han formado de su ex pareja.  ¿Por qué se nos hace tan difícil curar este mal?

Recuerdo cuando un amigo, conversando sobre su ex, un día me dijo: “una vez que me di cuenta de que podía vivir sin ella, se me cayó la venda. De ahí en adelante, cada vez que me la iba cruzando, la iba desidealizando”. Así mismo Carlos, mi vidente, en una de nuestras tantas sesiones tocó el tema de uno de mis ex “cuanto más te lo cruces, más lo vas a empezar a ver como la persona que realmente es”.   No puedo dejar de pensar entonces en la ironía de nuestro desfase interno: que nuestro corazón sufra tanto por cosas que nuestro instinto ya sabe ciertas, pero que nuestra mente se empeñe tanto en negar.  

Alina había llegado al extremo de considerarse un ser poco querible, por lo que había terminado por aferrarse desesperadamente a una relación sin futuro porque tenía la certeza de que no conseguiría otra. “Nadie me ama, nadie me amará jamás”.  

Si bien el rechazo al cambio es una característica implícita en la mentalidad humana, no puedo evitar pensar en otra realidad que, si bien es menos cómoda, no deja de ser igual de significativa en nuestras vidas: no se puede avanzar si no se acepta que hay algo que cambiar. ¿Cuál será ese gen destructivo que nos lleva a ignorar este hecho crucial? Si bien para abrir los ojos es requerimiento haberlos tenido previamente cerrados, tampoco podemos negar que, a mayor duración de la siesta, más pesado se nos hace levantar el párpado. 

No puedo evitar preguntarme, ¿qué hubiera pasado si el príncipe se hubiese desviado? ¿La bella durmiente seguiría durmiendo eternamente o acaso, cansada de esperar toda una eternidad, se habría rescatado a si misma?  Así como hay formas de decir «te quiero” sin decir “te quiero», hay miles de formas de darnos a entender que hace rato se perdió (si es que alguna vez se tuvo) el tan “aclamado» interés. 

Hoy mi amiga Alina me llamó, diciendo que había recibido un mensaje del novio, en el cual le pedía perdón y le decía que estaba listo para formalizar la relación. Valga mencionar que no es la primera vez que él le viene con la promesa falaz de compartir un hogar, pero no puedo negar que me quema el chisme por saber si esta vez será finalmente verdad. «No pongas todos tus huevos en la misma canasta, distráete y no dejes de probar» digo yo, muy a pesar de la certeza que tengo de que ella ha vuelto a pone todas sus esperanzas en ese muchacho, sin más que decir, me despido dejando una moraleja: si bien hay muchas formas de preparar un  huevo, no hay que olvidar que, cuando estos tienen el mismo sabor, es porque han salido del mismo corral.

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