Que tire la primera piedra quien no solo nunca ha tenido roto el corazón, sino también quien jamás haya tenido que sufrir la lamentable experiencia de ser una damnificada emocional de aquellas inmaduras y poco empáticas actitudes inexplicables del sexo opuesto. Me sorprendería de encontrar siquiera una mujer que tuviese el descaro de levantar tan solo un guijarro.
Con motivo de ponerle punto final a la tan necesaria visita de mi buena amiga Emma, el domingo pasado se juntaron en mi casa 3 de nuestras amigas más cercanas. Si bien todas nos enorgullecemos de ser absolutamente fieles a nuestra propia forma de ser, no puedo negar que hay un factor en el cual no podríamos ser más similares: después de innumerables dates, los cuales llevaron a contadas relaciones reales y extremadamente escasas relaciones serias, nos encontrábamos ahora con que todas habían terminado en rupturas. Tal es el extremo de la situación que, hoy por hoy, si fuéramos parte de un equipo y nos dieran a elegir, pasaríamos la mayor parte del tiempo sentadas en la banca, ya que no hay una entre nosotras que no se encuentre más que cansadas de probar tan poco exitosamente las canchas.
Mientras tomábamos vino y tratábamos de leernos las cartas, Camila nos empezó a contar lo fastidiada que se encontraba con este chico con el que había quedado el sábado pasado, el cual, bastante vago, había cancelado los planes para ahorrarse la molestia que implicaba transportarse de un punto a otro de la ciudad. “Me entró una sensación de indignación descontrolada y no le contesté más el teléfono. Imagínate, si al comienzo es incapaz de hacer un esfuerzo, no quiero ni pensar cómo se pondría si la relación llegara a estar más avanzada”.
Alina, por otro lado, bastante repetitiva, nos tenía agotadas. Y es que no era la primera vez que escuchábamos este conflicto en particular. La pobre chica, muy ansiosa, se había pasado todo el fin de semana rumiando su relación con este chico que acababa de conocer. Él, bastante bohemio, había cambiado varias veces de profesión, por lo que había pasado de ser desde productor cinematográfica hasta escritor ocasional, Ahora parecía exitosamente dedicarse a las finanzas. Habían salido un par de veces en las que, contra todo pronóstico, había surgido entre ellos una química excepcional. Sin embargo, después de días de una fluida y constante comunicación el chico, de un minuto a otro, cambió completamente de actitud y decidió, a lo David Copperfield, hacer un impecable acto de desaparición.
“No entiendo” nos decía preocupada “¿será que la culpable soy yo?”, a lo que yo le contestaba “a los 44 ha entregado dos veces un anillo, pero aún así no ha podido ser capaz de llega al altar. Tengo mis dudas de que el problema seas tú, Alina”. Efectivamente, el muchacho había estado doblemente comprometido y ambas veces sin éxito.
Pero si bien desde un punto de vista externo mi razonamiento pareciera ser no solo válido sino, hasta cierto punto, evidente, a Alina se le hacía imposible dejar sus sentimientos de lado y ver la situación de manera lógica. No debería sorprenderme, verdaderamente. Bien es sabido que, al tratar de descifrar a los hombres y sus interrogantes, tenemos la tendencia de tomarnos las respuestas de manera demasiado personal. “Sentirte así de desconcertada es más que normal. Sin embargo, si por a o b vuelve a aparecer y te provoca divertirte, disfruta y luego deja esa agua correr. Que pase el siguiente desgraciado, como diría la señorita Laura”.
Estoy más que convencida de que, a medida que en estos juegos pasamos de amateurs a profesionales, es responsabilidad de cada una amarrarse sus propios chimpunes, si me dejo entender, para saber que estos no van a salir volando en pleno partido y dejarnos desparramadas en el medio del campo.
Mientras tratábamos de liberar la rara vibra que se había asentado en mi casa prendiendo varios Palo Santos y un poco de Salvia blanca, mi amiga Chloe empezó a contarnos sobre su más reciente encuentro con Julián, un muchacho con el que tenía muchas idas y venidas y quien había sido su fuente inagotable de sufrimiento por al menos 8 años. Hace un par de meses, tras un dramático y escandaloso rompimiento, había decidido darle una nueva oportunidad. Chloe nos decía que, si bien tenían un date el próximo viernes, no dejaba de preocuparle el hecho de que últimamente se había vuelto habitual no saber nada de él durante los fines de semana. «Hay algo que me da mala espina» nos decía.
A estas alturas de la conversación nuestra otra amiga, Ana, fastidiada por las idas y bebidas de la situación, nos reprochaba “Realmente no estoy de humor,¿Cuándo creen exactamente que saldrán todas ustedes de esta situación de rehenes emocionales? Ultimamente las escucho sufrir por el mismo cuento. Tienen que reducir sus pérdidas y volver al juego”
Palabras muy sabias en teoría, pero en la práctica no necesariamente la mejor salida. Y es que, si bien hemos aprendido durante estas épocas tan poco convencionales los pros y los contras de jugar un “partido express”, pareciera que todavía nos falta entender qué es lo que se supone que hagamos después de soñado el pito. ¿Será acaso mejor sacar nuestro tablero y ponernos a analizar cada jugada? ¿O deberíamos ignorar todos los malos sentimientos y empezar un partido nuevo?
En un mundo en el que parece que cada vez es más frecuente que los partidos duren poco o repentinamente terminen ¿Será que hemos interpretado completamente mal las reglas de juego?¿o será, simplemente, que nos negamos a darnos cuenta de ya hace mucho llegó el momento de abandonar la cancha? “Chloe, ¿por qué seguimos hablando de Julián? Él te lastimó. Está fuera de escena. Se acabó. Hablemos de otra cosa, ¿de acuerdo?”
“¿Cómo sucede que cinco mujeres inteligentes terminen sin poder hablar de más que sus ex sailentes?” Nos decía Ana, haciendo alusión a que era el momento de dejar que ese arbitro inminente llamado dignidad al que muchas veces dejamos de lado finalmente tocara el pito.
Esa misma tarde Chloe, al salir de mi casa y dirigirse a la suya, se dio con la sorpresa de encontrarse con Julián, en pleno date con otra muchacha. Y si bien en una ciudad tan grande como esta las probabilidades de toparse con el que te rompió el corazón son increíblemente bajas, no hay que olvidar que el hecho de alejarse de la zona de ataque de ninguna manera te garantiza que no te vayan a meter foul.
Al día siguiente, Chloe llamó a Ana. Parece que la dignidad había entrado ya en la cancha y, a pesar de correr el riesgo de ser reprochada nuevamente, se lo tenía que contar. “Sé que este tema para ti es repetitivo y que quieres que lo supere, pero quería decirte que le mandé un mensaje: le dije que no quiero verlo este viernes. Que le iba a mandar la bufanda que había dejado en mi casa por correo y en cuanto a un sostén que dejé en su depa, que se sienta en total libertad de botarlo a la basura o dárselo a su siguiente saliente”
Ana, escuchando asombrada, dio un suspiro y le contestó “debo confesar que para mi es fácil decirlo. Hace mucho que no tengo a alguien que me reviente el bobo, me he olvidado lo difícil que es… no importa quien te rompió el corazón, ni la cantidad de veces ni el tiempo que te lleva sanar… suelta conmigo todo lo que sientas, a fin de cuentas, la única regla de juego que nunca va a cambiar es que yo, como amiga, nunca te voy a dejar de escuchar”.