Hace poco me crucé con un artículo que enumeraba las 9 mejores y más brutales películas inspiradas en el Marqués de Sade, personaje que viene escandalizando al mundo desde aproximadamente el año 1800 gracias a sus novelas eróticas, las cuales combinan discursos filosóficos con pornografía y depravación sexual. Me acordé, irónicamente, de una de mis clases en el colegio, la cual, debido a su intenso contenido, se quedó grabada en mi mente hasta el día de hoy.
Me cuesta trabajo recordar si se trataba de un curso de historia o de literatura, pero sí me acuerdo claramente de lo impactada que me sentí cuando el profesor explicó tanto la significancia de dicho personaje como su legado como principal creador del término Sado Masoquismo. Sin pelos en la lengua, nos explicó cómo los componentes de dicho acrónimo, sadismo y masoquismo eran tanto antónimos como complementarios. Es decir, para que la combinación funcione, se necesitan 2 partes en la fórmula: una persona a la que le ocasione placer dar dolor mientras que, a la otra, recibirlo.
A inicios del año, bastante osados, 3 de mis mejores amigos y yo decidimos quebrantar las normas de este encierro. De manera ilegal, pero necesaria, nos juntamos a conversar y tomar unos vinos con fines, más que recreativos, terapéuticos. De los cuatro integrantes del grupo, el 75% estaba hecho un manojo de nervios. Penas del corazón eran el común denominador, pero también se ponía en evidencia la delgada y sinuosa línea que hay separa el amor y la obsesión.
José, quien nos permitió el lujo de contar con su presencia, nos contaba sobre lo controladora que era su novia, la cual en ese momento se encontraba en Italia (valga la razón de su visita despreocupada). Le seguía María José, quien nuevamente había vuelto a caer en las mismas promesas de su saliente de temporada. Dicho galán hacía que, en perspectiva, la nariz de Pinocho se viera tan pequeña como la de la hechizada y mi amiga querida, quien pareciera tener complejo de señorita Laura, intentando darle a la suerte con el carrito sanguchero seguía dándole paso a un sinfín de desgraciados.
Sin embargo, y a pesar de tan pintorescas historias, esa noche fue Ximena la que acaparó la mayor parte de la conversación. Una vez más había caído en ese embrujo tan temido de aferrarse a una relación Cul-de-sac, un callejón sin salida que antecede al puntúo muerto. Ella había conocido a Mario hace 4 años y desde el día uno se había determinado y con mucha certeza, que se muchacho no iba a pasa por su vida en vano: ya lo había tazado. Durante todo ese tiempo ella no había estado con otra persona, hecho que se vuelve incluso más impresionante si tomamos en cuenta las muchas “pausas” que caracterizaron su relación.
Mientras que ella andaba por la vida pronunciándose como su pareja, él, por otro lado, parecía disfrutar exageradamente de marcar, en cuanto formulario encontrase, la opción de “soltero y sin compromiso”. Ximena, acostumbrada ya a la monotonía de terminadas y vueltas en la que se había transformado su relación, apenas terminó de registrar el calibre de la bomba que tenía en frente cuando, al preguntarle a Mario sobre el destino que podrían elegir para el viaje de verano, El, un poco dubitativo, le contestó que era muy probable que tuviera que mudarse a Brasil. Ella, aturdida y confundida, le recriminó “¿no me lo pensabas decir?”, a lo que él solo pudo responder con un par de cuentos improvisados de que, laboralmente hablando, el panorama aún no estaba lo suficientemente claro.
“Lo quería matar!” nos decía ella “no entiendo por qué no soy un factor clave en su proceso de decisión”. Mientras el resto de nosotros terminábamos de escuchar esta historia, no podíamos evitar pensar que, al menos en lo que respecta a este cuento, teníamos ya el oído bien entrenado. Mario le hacía a Ximena la jugada del agua fría y el agua caliente. Es decir, en momentos estaba completamente interesado y en otros se mostraba de lo más indiferente. “no puedo creer que esto me pase otra vez… debo ser una especie de masoquista” nos repetía, “¿Por qué sigo haciéndome esto a mí misma?, ¿Por qué le es tan difícil incluirme en su vida de una manera real?”
Días después Ximena, más calmada y tras haber racionalizado el problema, me llamó excusándose, diciendo que había sobre reaccionado. “¿Qué te hizo cambiar de opinión?” le pregunté, a lo que ella me confesó que, después de nuestros vinos y muy poco cauta gracias a una copa en exceso, lo llamó a recriminar, tras lo cual Mario, cansado, reaccionó enfurecido. “Me di cuenta lo frágil de mi relación y lo mucho que tengo que perder”. Había escuchado (escépticamente) que para algunos el dolor, en una relación, implica crecimiento. No hace falta que mencione que yo no comparto la misma opinión, por lo que muchas veces me he sentido tentada a preguntarle a estas mismas personas ¿Qué es, exactamente, lo que separa en sus mentes ese “dolor” de un verdadero y justificado sufrimiento?
En la mayoría de los casos, se acepta como algo normal que, si se va a tener una relación, un poco de dolor es inevitable. Pero cuando me pongo a pensar en mis clases de secundaria y en esas particulares personas que justifican el dolor que sienten a través de la satisfacción que obtienen de este, no puedo evitar preguntarme, ¿es que ha también una delgada línea entre un proactivo optimista, o será, tal vez, que conforme pasa el tiempo nos hemos vuelto todas al menos un poquito masoquistas?
No pude evitar acordarme de mi dentista, quien cada vez que me veía me comentaba, sorprendido, lo alto que podría ser mi umbral del dolor. No es ilógico pensar que esas escalas de aguante también tengan sus variantes en el plano sentimental. En cuanto a relaciones y su derivado sufrimiento, ¿Cómo sabemos cuándo tenemos que parar?
La semana pasada Ximena cruzó su umbral. Ante la evidente falta de señales de cambio y un sufrimiento injustificado, le dio a Mario un ultimátum “o me incluyes en tu vida de una manera real, o ponemos punto final”. Él, sin pensarlo dos veces, optó por la segunda opción.
“Estoy molesta. No con él, más si conmigo misma: después de todos estos años, soy una verdadera sádica, ya que probablemente Mario haya tenido el látigo, pero era yo la que voluntariamente me amarraba para ser azotada” bastante ofuscada lloraba en mi casa.
Pensando en Ximena, me viene una incertidumbre, ¿estaba ella realmente enamorada de él? ¿probablemente lo que Mario le representaba? ¿O era solamente adicta al exquisito dolor de una relación bastante trastornada? De momento ella se ha liberado, pero solo el tiempo nos dirá si, para Ximena, hay algo verdaderamente exquisito al respecto, ya que mi romántica amiga no solo se había acostumbrado a sentir dolor, sino que se había anclado en la idea de que, sin este, era imposible que existiese amor.