Litigio Real

Mal que bien, ni tenemos piel de chancho ni menos corazón de piedra. Y por más segura que una se sienta, por más cortes de pelo que una se haga y por más veces que una salga por unos tragos con sus amigas, no hay copa de Chardonnay que haga pasar un trago tan amargo como ese, ni mucho menos considero que exista “prudencia” alguna que justifique nuestra resignación.

El lunes por la noche me encontró, no me avergüenza confesarlo, sentada al borde de mi sillón esperando el tan ansiado evento que me había tenido a la expectativa durante todo el día: la entrevista de Meghan Markle. Escándalos de la corona, alusiones a racismo, sus amenazas de suicidio, ¡que puedo decir! El espectáculo estuvo buenísimo.

Vale mencionar que para lograr ser parte de esos millones de personas que se ganaron con la exclusiva, tuve que primero pasar por el proceso de crear una cuenta online en un canal a lo Frecuencia Latina (o su equivalente nacional), dado que, no solamente existe aquí un impuesto a la posesión de una “caja boba” familiar, sino que, para ser sinceros, en mi casa en donde ni siquiera cuento con hervidor, mucho menos voy a tener un televisor. Una vez terminada la bomba yo, sedienta de chisme real, puse por enésima vez la serie The Crown.  

Ya que no había escatimado al momento de preparar la canchita, no tuve reparo alguno en empezar desde la primera temporada. Acababa de pasar la coronación y era el momento de un tour oficial. Me llamó la atención cuando Winston Churchill se subió al avión para darle un mensaje “sin pelos en la lengua” a la recién inaugurada reina: «por nada del mundo deje ver que la corona es una carga, usted solo tiene que encargarse de emanar divinidad».

Y aún a pesar de que (no por falta de ganas) no tenga ninguna corona cerca, no pude evitar pensar en lo socialmente penado que se considera hasta el día de hoy el hecho de mostrar vulnerabilidad. Por poner un caso personal, en uno de mis primeros artículos para este periódico, cuyo espacio siento como mi hogar, al hablar a “calzón quitado” de una pena de amor hoy poco trascendental, una querida amiga de mi mamá me llamó a sugerirme que sería más “conveniente” que mis dilemas del corazón los dejara enterrados dentro del mismo. Yo, un poco ingenua, le contesté “¿cuál es el problema? No conozco persona alguna que tenga virgen el corazón. A fin de cuentas, ¿quién no ha tenido una pena de amor?

Dada mi naturaleza (y el nombre de esta columna), no puedo dejar pasar la oportunidad de reforzar esta reflexión con un ejemplo cotidiano: Máxima, mi amiga del alma, quien se jactaba siempre de ser una mujer autosuficiente emocionalmente, negaba rotundamente la existencia de la media naranja, puesto que, por lo que a ella respectaba, por si sola ya constituía el perfecto bodegón».

Un día Enrique, su enamorado, de manera muy ingenua y motivado por su afán de hacer circular un chisme, le enseñó uno de sus tantos grupos de WhatsApp, ignorando totalmente de la bomba de tiempo que acababa de activar. Máxima, fiel a su alter ego de “novia moderna, segura y relajada” intentó hacer caso omiso a los 1382 archivos del grupo, de los cuales el 99% eran una mezcla de gemidos, potos y tetas y el 1% restante debió haber sido algún archivo compartido por error.  

Que tire la primera piedra quien haya osado decir “pero, es normal que los hombres se manden calatas en sus grupos de WhatsApp” y a la vez no hayan querido mandar un troyano más grande que el original para desconfigurar el sistema operativo de cualquiera que sea el desafortunado dispositivo móvil de su respectiva “otra mitad”. Bajo ese esquema, conozco a varias a las que hasta todas las piedras de Machu Picchu les quedarían cortas.

A pesar de sus convicciones, y tras infructuosos intentos de sacarse el tema de la cabeza, finalmente se decidió a comentárselo a sus amigas, con el fin de hacer investigación de mercado. “Pero, así son los hombres, ¿no?” fue el consenso en esa encuesta. A pesar de esto, me veo obligada a preguntarme ¿Qué tan cómodas estamos verdaderamente con esa afirmación? ¿Será que la resignación a perder esa parte de nuestra femineidad es consecuencia directa de la ferviente necesidad por parte de ellos de probar públicamente su virilidad?

Si ese fenómeno de causa y efecto fuera tan natural como para ser considerada una teoría Darwiniana, ¿por qué causaría en nosotras esa penetrante intranquilidad? ¿No debería ser casi tan natural como el respirar?  Otro sería el cuento si fuéramos nosotras las que anduviéramos, con huincha en mano, haciendo alusión a esos escasos centímetros que tanto se esfuerzan algunos por intentar ensalzar.

Ya que su relación estaba más fría que un gazpacho, ambos decidieron agregarle una cucharada más de romanticismo a la monotonía de su receta. La teoría a probar era que, saliendo rutinariamente por un par de copas, solamente los dos, la cosa iba a mejorar. La primera noche funcionó perfectamente. Sin embargo, para dejar de pecar hay que tener propósito de enmienda, y el juego de la seducción que ambos se habían planteado acabó antes de lo esperado.  

Una de esas noches, Máxima, quien aún se encontraba en el marco de la ansiedad post grupos de WhatsApp, se dio cuenta de cómo Enrique desviaba de manera muy llamativa la mirada hacía lo que terminó siendo un voluptuoso “poto ajeno”. Máxima no pudo contenerse. Su disgusto se hizo notar no solo a través de su cara, si no especialmente a través de su muy sincera lengua, la cual le hizo saber a Enrique todos sus reproches mientras que éste, sonriente, escuchaba las acusaciones como si de bromas se tratase.  

La siguiente vez que ambos salieron, un hecho similar volvió a pasar, sin embargo, esta vez fue adrede. Enrique, con ánimos de fastidiar, se atrevió a comparar la sutil retaguardia de Máxima con el voluptuoso trasero de una “ricotona” trabajadora del bar. Máxima me contó que perdió los papeles y, cual chihuahua que se respeta, le lanzó un bombardeo de alaridos.  

Más tarde ella me confesaría que, sobre todo, lo que más le había dolido era haber puesto de manera tan evidente, no solo su fastidio, sino lo vulnerable que se había sentido. Yo, contando tan solo con la mitad de las versiones, no quería precipitarme a dar tan libremente ningún tipo de opinión, más si me quedé pensando largamente en cuál habría sido mi reacción y, sobre todo, en cómo me habría sentido yo de encontrarme en esa situación.

Estoy convencida que la reacción de Máxima no fue, ni de lejos, el acercamiento más elegante. Pero, no puedo más que estar de acuerdo con los motivos.  ¿Por qué está tan mal visto aceptar que nos sentimos mal? Si una situación justifica nuestro malestar, ¿cómo puede ser más digno quedarnos calladas que expresar lo que sentimos? Mal que bien, ni tenemos piel de chancho ni menos corazón de piedra. Y por más segura que una se sienta, por más cortes de pelo que una se haga y por más veces que una salga por unos tragos con sus amigas, no hay copa de Chardonnay que haga pasar un trago tan amargo como ese, ni mucho menos considero que exista “prudencia” alguna que justifique nuestra resignación. 

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