¿Piensa mal y acertarás?

No creo que haga falta mencionar lo común que es en muchos de nosotros, incluida yo, el hecho de darle mas vueltas que pollo a la brasa a cualquier tema que nos preocupa o que nos cuesta entender. Sin embargo y afortunadamente, debo confesar que con la edad, como si de alcohol se tratase, le tengo cada vez menos tolerancia a la ansiedad. A fin de cuentas, una vez que el tiempo pasa, hasta la niebla mas densa se disipa y la verdad, solita, sin mucho esfuerzo, hace acto de presencia

No creo que haga falta mencionar lo común que es en muchos de nosotros, incluida yo, el hecho de darle mas vueltas que pollo a la brasa a cualquier tema que nos preocupa o que nos cuesta entender. Sin embargo y afortunadamente, debo confesar que con la edad, como si de alcohol se tratase, le tengo cada vez menos tolerancia a la ansiedad. A fin de cuentas, una vez que el tiempo pasa, hasta la niebla mas densa se disipa y la verdad, solita, sin mucho esfuerzo, hace acto de presencia. 

“Piensa mal y acertarás” dice mi mama, y no puedo negar que esa política me ha ayudado mucho durante los años. Pero tampoco puedo negar lo que la sabia experiencia me ha enseñado. Después de todo, ¿qué necesidad hay de buscarle incesantemente tres pies al gato cuando, de una manera u otra, igual lo vamos a ver cojear? 

Mi buena amiga portuguesa Casandra había estado por los últimos 3 años viviendo con su enamorado Julián. Él, bastante cosmopolita, se movía por todos lados: una parte del año la pasaba en Los Angeles (ciudad que podría decirse que era su HeadQuarters), otra parte la pasaba en Marbella, su tierra natal, y la restante en Roma, la cual era, para él, la ciudad ideal.  

Decidieron aprovechar la cuarentena, por lo que se mudaron felizmente a una isla caribeña. Una vez levantadas las restricciones, sin embargo, y tras instalarse indefinidamente en Roma, Julián tuvo un repentino y muy inesperado cambio de actitud. Súbitamente se volvió distante, frío, callado y bastante esquivo frente a cualquier muestra de cariño.

Ante las preguntas y reclamos de Casandra, su primera reacción fue llegar a la conclusión de que lo mejor era darse un poco de tiempo. “Bueno, mira, tal vez eso sea bueno. Tal vez deberíamos vernos menos, y luego nos extrañaremos más. Es solo que estamos demasiado disponibles para el otro en todo momento” A lo cual Casandra, preocupada, le respondía “Pero creo que, a fin de cuentas, sería mejor, tal vez, que los dos estemos disponibles”. “Sí, pero para otros” le remató Julián.   

Como era de esperarse, no pasó demasiado tiempo para que  Casandra, cual Magdalena, me llamara hecha un mar de lágrimas, contándome la primicia: Julián le había terminado y acto seguido se había marchado a la ciudad de las estrellas.  “Hay demasiado tira y afloja en esta situación, muchos mensajes contradictorios… no me parece tan natural que tengas que dedicar tanto esfuerzo para que la relación marche” atiné a aconsejarle yo.

Viendo que este monólogo estaba por empezar nuevamente, me adelanté a decir “¡Mira Casandra, menos bla bla bla y mas glu glu glu por favor, mañana te voy a visitar” total, no hay mal que unas buenas risas y copas de vino entre amigas no puedan curar.  

Y así fue como, de un momento a otro, metí en mi maleta mis mejores galas veraniegas y partí hacia Roma, la ciudad eterna. Ese fin de semana hice todo por distraer a Casandra: fuimos a turistear, a tomar Aperol Spritz en cuanta Piazza se cruzó por nuestro camino y a tomarnos fotos en cada esquina por la que caminábamos. Sin embargo, y a pesar de mis mayores esfuerzos por interpretar a Julia Roberts en mi remake de la película llamada “Comer, Chupar, Comprar”, Casandra no dejaba de ponerle play al “Comer, rezar, llorar”, con un poco refrescante toque de racionalización con el que pretendía descifrar las razones detrás de la decisión de Julián. «Podemos analizar esto por años y nunca saber, ¡por el amor del señor! » pensaba yo. 

El domingo por la noche me encontró no solo con los pies cansados, sino también con las orejas reventadas de tanto escuchar. No importaba qué tan contundente fuera mi discurso de amor propio y superación personal, este era infaliblemente seguido por alguna variante de  “¿Por qué me dejó? ¿Qué hice yo?”, a lo que no me quedaba más que contestar “Solo podemos esperar. La clave del enigma llegará en el momento en el que el tiempo la quiera revelar”. 

Mal que bien, nos guste o no, todo cae tarde o temprano, a pesar de que en un principio las respuestas parezcan infinitamente lejanas.  “¿Encontraré a alguien mejor que él?” me preguntaba mi amiga, a lo que yo refutaba molesta “Casandra, bonita ya sabes que estás. ¡Búscate un hombre que se enamore de todo lo demás!” 

Ya me encontraba cerca de perder los papeles cuando fui salvada,  en lugar de por la campana, por una reposteada. Una amiga le había mandado una historia de Instagram en donde, al parecer, Julián, acompañado de una jauría de féminas de dudosa procedencia y unas cuantas copas de más, bailaba sin parar en una casa a las afueras de Roma  “¿Julián bailando así?” decía yo, ya que nunca lo había visto dando semejantes performances. “Si, eso suele pasar cuando toma un ron de más…pero ¿quiénes son esas fulanas? no las he visto jamás” decía Casandra, desconcertada. Inmediatamente las lágrimas fueron reemplazadas tanto por cóleras como por sospechas” 

Nuestro análisis inmediatamente se dirigió hacia estos nuevos descubrimientos y, naturalmente, el primer elemento en el que me enfoqué fue la identidad. “¿Estas segura de que es Julián?” “¡Claro que sí, si ese es mi flaco!, bueno ex flaco” ahora bien, ¿No se suponía que, en es momento, él se encontraba en un continente bastante lejano? ¿Sería o no sería él? No importaba cuánto lo intentáramos, no podíamos dejar de preguntárnoslo. 

No tuvo que pasar demasiado tiempo para que la amiga “proveedora” de esta valiosa información volviera a escribir para informarnos que ella ya se había asegurado de confirmar esta información. Como buena  sabueso y para minimizar todo lo posible el margen de error, le escribió directamente a la dueña de la publicación “¿ese rubiecito del video es Julián?”, “sí” le respondieron, “¿Cómo lo conoces?”, “es amigo de unos amigos”. 

Confirmada la identidad, le seguía la ubicación geográfica, “¿seguirá aquí y no me lo ha querido decir? ¿Cuáles son sus verdaderos motivos para mentir?”, Así como la procedencia de la pandilla “¿de dónde ha sacado a esas muchachas?». Cual depredador con su presa, el instinto inmediato de Casandra fue revisar la cuenta de Instagram de su expirado enamorado “¡tiene un follower más!, seguro que una de ellas se lo ha tratado de levantar» a lo que yo trataba de calmarla con la lógica infalible post-parranda “tranquila, que con ese nivel de borrachera, sería cuasi milagro si es que algo se hubiera levantado”. 

Cassandra y yo, sentadas en la sala, teníamos más enigmas que descifrar que Sophie Neveu y Robert Leng en el DaVinci Code. “¿Estás segura de que es él?” le pregunté una vez más, “Claro que sí. Además, el sinvergüenza está usando la ropa de baño que yo le acababa de regalar”.  

A estas alturas Casandra era una mujer al borde de un ataque de nervios. Mientras tanto, yo no paraba de cuestionarme preocuparme por la situación, y es que, si bien el amor puede ser ciego, al corazón no se le escapa nada, en especial toda esa ansiedad que a mi amiga no le estaba haciendo nada bien. Como si fuera poco, Casandra eligió ese momento para soltarme una nueva confesión, tanto temerosa como sincera, «la próxima semana cumplo 30, ¿qué va a ser de mi soltera?”.

Habiendo llegado al que sospechaba que era uno de los motivos principales de la desesperación de mi amiga, contesté “bueno, tú, para variar, con la excusa de buscar una relación de muchos años  terminaste metiéndote con un tipo que te hizo llorar hasta en tu cumpleaños.  Ni modo, a secarse las lagrimas y seguir adelante. A fin de cuentas… tanto lloraste porque te partió el corazón, sin darte cuenta de que la vida te estaba haciendo un favor”. 

Sin embargo, y a pesar de mis esfuerzos, Casandra seguía decidida a descubrir la verdad tras la publicación de Julián, y sus hipótesis rayaban el limite con lo surreal cuando nuestra indagadora amiga nos terminó mandando la prueba de la verdad a través de otro post, este con mejor resolución, en el cual pudimos confirmar que el objeto de nuestras especulaciones se trataba, ni masa ni menos, que de un impostor. 

En realidad, se trataba de un muchacho de lo más parecido, quien coincidentemente tenía la misma ropa de baño y, por si fuera poco, también se llamaba Julián, ¡Quien se lo podría imaginar! Al final, voy a considerar toda esta encrucijada como una victoria, ya que gracias a ella pude, por primera vez en muchos días, ver a mi querida amiga reír de esa manera.  «Creé todo ese drama en mi cabeza para nada, el pobre Julián seguirá en pleno vuelo sin darse por enterado” me decía, más relajada, ella. ”Creo que esta es una señal divina de que es momento de dejar de suponer qué es lo que esta pensando él, para concentrarte en qué es lo que tú quieres hacer realmente con tu vida” le recalcaba yo. 

No pude evitar pensar en la lección que con tanto esfuerzo la vida me ha enseñado: el que sobre piensa no solo no descubre nada, sino que, para colmo, termina con el cerebro reventado. Dicho esto, estoy convencida de que, a veces, después del gran error de tu vida y cuando al fin estas bien contigo misma, llega el gran amor de tu vida. A veces se demora (el mío anda un poco perdido, ojalá este bien), y si bien no podemos controlar el momento en el que este llegará, sí estamos en la capacidad de controlar la situación en la que lo recibiremos, ya sea como un manojo de nervios o con la mente despejada y dispuesta a entablar una nueva relación. 

Por lo que respecta a mí, aquí me tienen: tacos puestos y copa en mano, a la espera de recibir lo que la vida se disponga a mandar en mi camino, aunque por el momento parece que se ha perdido, tarde o temprano siempre se llega al punto de destino.

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